Covid-19 (Corona Virus)

Elecciones en Estados Unidos: el año de Donald Trump en imágenes

Annie Karni

Este no fue el 2020 que el presidente Trump se había imaginado.

El año comenzó con Trump envuelto en un juicio político que duró meses y en el que se examinó una campaña de presión sobre el presidente de Ucrania para que investigara a sus rivales políticos estadounidenses. En retrospectiva, esa fue la parte fácil del año.

Desde el inicio de las elecciones primaras del Partido Demócrata —en las que se elegiría al candidato demócrata a la presidencia—, emergió el que quizás era su oponente más complicado, Joseph R. Biden Jr., un político de centro con atractivo para los moderados. Una pandemia mató a más de 230.000 personas en Estados Unidos y devastó las ganancias económicas que iban a servir como su principal argumento para la reelección.

Pero, en enero, Trump ya estaba celebrando eventos de campaña llenos de ira. Advertía que los esfuerzos de los demócratas para destituirlo de su cargo estaban diseñados para “anular las papeletas de decenas de millones de estadounidenses patriotas”.

Con la absolución asegurada por el Senado, liderado por los republicanos, Trump utilizó su discurso sobre el Estado de la Unión para hablar sobre su segundo mandato. El momento más memorable de la velada lo protagonizó Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, quien, luego de que el presidente concluyera su intervención, rompió ostentosamente su copia del discurso presidencial. Y los vítores de los legisladores republicanos que pedían “¡cuatro años más!”, aclararon que ambas partes tenían intenciones de crear un espectáculo partidista.

El Senado, dividido casi totalmente en líneas partidistas, absolvió a Trump de los cargos de abuso de poder y obstrucción del Congreso para ayudar a su reelección. El presidente lo promocionó como una victoria y calificó de “corrupto” al proceso de destitución.

Volvió a la campaña electoral, y a menudo visitaba los estados donde los demócratas estaban celebrando sus elecciones primarias.

Cuando el coronavirus comenzó a afianzarse en febrero, Trump minimizó sus riesgos. En un discurso de marzo en la Oficina Oval, tuvo dificultad para reconocer la profundidad de la crisis mientras continuaba disminuyendo la amenaza que representaba para el futuro de Estados Unidos. Describió al coronavirus siniestramente como un “virus extranjero” y culpó a China y Europa.

Se determinó originalmente que las reuniones informativas del grupo de trabajo sobre el coronavirus serían dirigidas por el vicepresidente, Mike Pence. Pero Trump las dominó rápidamente, convirtiéndolas en agresivas defensas diarias de su respuesta a la pandemia. El presidente fue persuadido de que cancelara las reuniones informativas después de registrar una caída en sus números en las encuestas, pero la pausa solo fue temporal.

En abril, Trump tuiteó “¡LIBEREN A MICHIGAN!” y “¡LIBEREN A MINNESOTA!”, alentando a sus partidarios a protestar contra las restricciones para combatir al coronavirus impuestas por los gobernadores demócratas. El llamado a su base fomentó las divisiones partidistas sobre la respuesta a la pandemia.

Después de que George Floyd, un hombre negro que no iba armado, fue asesinado en la custodia de la policía de Mineápolis, surgieron protestas contra la injusticia racial que se extendieron por todo el país. Para dispersar a manifestantes pacíficos que estaban en la plaza Lafayette, frente a la Casa Blanca, se usó un aerosol químico y balas de goma para que Trump pudiera realizar una sesión de fotos en una iglesia cercana que había sido vandalizada días antes.

La campaña de Trump promocionó un mitin —que se llevaría a cabo en junio en Tulsa, Oklahoma— como el regreso triunfal del presidente a la contienda. Aunque la campaña sostuvo que casi un millón de personas se habían registrado para obtener boletos, Trump se presentó frente ante un escenario casi vacío. Era una señal de que incluso sus seguidores estaban asustados por el coronavirus, a pesar de sus repetidos intentos para desestimarlo.

Justo antes del 4 de julio, de pie, frente al Monte Rushmore, Trump usó un discurso presidencial oficial para librar una guerra cultural contra una izquierda a la que describió con características monstruosas y señaló como una incitadora del caos que llevaba al país hacia el totalitarismo.

Trató de posicionarse como el candidato de la ley y el orden, y alegó que “turbas enojadas” querían derribar las estatuas de los fundadores de la nación y “desatar una ola de crímenes violentos en nuestras ciudades”.

El primer brote de coronavirus en la primavera afectó con fuerza a las ciudades y zonas del noreste de la Costa Oeste estadounidense, pero una segunda oleada en el verano se extendió por una franja más amplia del país. Los hospitales lucharon por contener el aumento de casos.

Su campaña sostuvo que celebrar el principal evento político de la contienda presidencial en propiedad del gobierno no era una violación de la Ley Hatch. Pero el evento simbolizó el derrumbe final de los límites entre gobernar y hacer campaña que Trump había estado erosionando durante años.

En septiembre, el día después de la muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg, Trump y el senador Mitch McConnell, el líder de la mayoría del Senado, ya estaban en contacto con la jueza Amy Coney Barrett para llenar la vacante en la Corte Suprema. Dos días después, la nominaron.

El siguiente fin de semana, Trump recibió a la jueza Barrett, su familia y legisladores republicanos en la Casa Blanca para la ceremonia en la que anunció formalmente su nominación. No hubo distanciamiento social y pocos llevaban cubrebocas.

El presidente Trump se la pasó interrumpiendo al vicepresidente Biden casi cada vez que este habló durante el primer debate presidencial. El debate degeneró en una diatriba desagradable y las encuestas evidenciaron que perjudicó al presidente.

Después de su recuperación, Trump volvió con ímpetu a la campaña electoral. En las últimas semanas, mientras el número de casos de coronavirus se disparó en todo el país, su mensaje para los seguidores fue que confiaran en él porque lo peor de la pandemia ya había pasado. Y criticó a los medios de comunicación por seguir cubriendo la crisis sanitaria.

Ocho días antes de la elección, el presidente Trump consiguió la confirmación de su tercer juez nominado a la Suprema Corte. De inmediato organizó una ceremonia nocturna en el jardín de la Casa Blanca para juramentar a la magistrada Barrett. La reunión al aire libre fue una imagen idéntica del potencial evento de contagio masivo que organizó un mes antes cuando anunció su nominación.

En los últimos días de la campaña, Trump recorrió el país como si el virus que definió gran parte del año no existiera. Su posición rezagada en las encuestas impulsó una agotadora agenda de viajes, con hasta cinco escalas por día, para intentar apuntalar los votos en los estados que ganó en 2016.

En lugar de centrar su argumento final en la economía, acusó a los médicos de fabricar casos de coronavirus para ganar dinero, se quejó del intenso frío en estados como Michigan e insinuó que quería despedir a Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país. Antes del día de las elecciones, su última parada fue en Michigan, una repetición de los viajes que realizó hace cuatro años.

Annie Karni es corresponsal de la Casa Blanca. Anteriormente cubrió la Casa Blanca y la campaña presidencial de 2016 de Hillary Clinton para Politico, y cubrió noticias y política locales en la ciudad de Nueva York para el New York Post y el New York Daily News. @AnnieKarni

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